Bailando con el diablo

Zarek le besó la palma y después se echó a reír al pensar en todo lo que le había pasado desde que la conociera.
- ¿Qué te hace tanta gracia? - le preguntó ella.
- Es que estaba pensando que aquí me tienes, un esclavo que alcanzó una estrella que lo convirtió en semidiós. Tengo que ser el cabrón más afortunado que haya pisado la tierra.
Los ojos azules de Astrid lo atravesaron.
- Sí que lo eres, príncipe azul, y que no se te ocurra olvidarlo jamás.
- Créeme, princesa, no lo haré.




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